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Un Comentario.

Por Maite Delgado

Había una vez una princesa qFoto la princesa tiznada okue vivía en un paraíso apacible.

Unas veces se sentía como un pez y experimentaba la vida acuática.

Otras veces se sentía en comunión con las vidas de los seres que poblaban las tierras.

Y otras veces podía acceder a los cielos y comunicarse con millones de estrellas.

Alcanzaba el éxtasis cuando podía experimentar la unidad completa: tierras, océanos y cielos eran uno y ella se disolvía con ellos en ese uno que era el seno de una madre amorosa.

Hadas y duendes la visitaban a menudo y hacían que su vida fuera un deleite.

Pero un día ese estado de deleite se vio perturbado por fuerzas incomprensibles para ella.

La madre se convirtió en madrastra y su seno dejó de ser amoroso y cálido.

El paraíso apacible devino un submundo plagado de oscuras grutas y misteriosos laberintos.

En lugar de hadas y duendes la visitaban brujas y diablos.

Las aguas dejaron de ser cristalinas, y los peces, las anémonas y las algas se transformaron en seres terribles.

La vida terrestre se vio igualmente afectada, y los animales, los insectos y las plantas se convirtieron en monstruos muy peligrosos.

Los cielos también eran inhóspitos y el espacio interestelar inaccesible.

La princesa, ante la desaparición del equilibrio original de su existencia, experimentaba una angustia creciente y sentía un peligro vital inminente que no podía identificar con claridad.

Unas veces un gran pulpo emergía de los mares atacándola.

Otras veces era una enorme tarántula de la corteza terrestre.

Y otras veces un feo demonio venido de los cielos.

El demonio, la tarántula y el pulpo se habían convertido en hermanastros que la amenazaban y constreñían, torturándola con pesadillas claustrofóbicas.

La princesa se sentía atrapada sin escapatoria posible.

El algunos momentos se identificaba con seres míticos como Prometeo o Tántalo; y, como ellos, experimentaba una maldición eterna.

Recluida en un espacio cada vez más reducido vio a la muerte acechándola cuando, de pronto, se encontró en una especie de túnel que la propulsaba hacia el exterior.

El túnel parecía tener vida propia, la comprimía y aplastaba con presiones y descargas que le hacían experimentar violentos terremotos y ardientes volcanes.

Sentía que el fuego la consumía pero no había vuelta atrás.

Y se vio inmersa en guerras en las que animales salvajes se devoraban unos a otros, demonios y ángeles luchaban sin tregua, y dioses y titanes batallaban sin cesar.

Cuando consiguió atravesar ese espacio sintió unas manos que tomaban su cabeza y tiraban de ella, y creyó haber llegado al final del túnel.

Pero aún le quedaba otro trecho, y tuvo que transitar un espacio inmundo, arrastrándose por un estercolero y andando a gatas por cloacas de aguas putrefactas.

Una vez superado ese trecho la princesa estaba tiznada de toda suerte de materias biológicas.

Sangre, heces y orina impregnaban su menudo cuerpo cuando logró salir.

Las manos que habían tomado su cabeza la sostuvieron por los pies agitándola vigorosamente, hasta que sus pulmones se inflaron y ella pudo dejar escapar el llanto.

¡Había logrado superar todos los obstáculos y concluir su heroico viaje!

Una vez lavada y acicalada la princesa fue llevada a los brazos de una mujer.

Madre, madrastra, hada y bruja se conjugaban en aquella mujer que la había cobijado primero y desterrado después.

La leche caliente y dulce que la mujer le dio la reconcilió con ella y pronto olvidó que la había expulsado del paraíso.

Más adelante compartirían otras aventuras pero nunca como esta en la que el amor y el odio las había unido inexorablemente.

Un Comentario para “La Princesa Tiznada”

  1. Lucrecia García Torralba

    ¡Qué hermoso! una bella forma de explicar el vínculo con la madre, gracias por compartirla.

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